jueves, 11 de octubre de 2012

Evolución Dogmática del Concepto de Acción



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El concepto de acción ha experimentado una evolución en buena parte paralela a la experimentada por la propia teoría del delito:

. La concepción causal de la acción surgió a finales del siglo XIX y fue la posición predominante en la doctrina hasta bien entrado el siglo XX. Este concepto causal-naturalista constituyó el pilar fundamental sobre el que se elaboraron autores como Von Liszt el esquema clásico del delito. En dicho esquema la acción era concebida como un movimiento corporal provocado por un impulso de la voluntad que causa una modificación del mundo exterior. El elemento fundamental de tal definición era la "causalidad", dado que el "impulso de la voluntad" sólo interesaba como causa del movimiento corporal, siendo indiferente cuál fuera el contenido de dicha voluntad y si se dirigía o no a realizar el hecho. Para el concepto causal de acción es irrelevante, por ejemplo, si el movimiento corporal va dirigido a matar a una persona, o a espantar una abeja; lo único trascendente es si ha o no causado una modificación del mundo exterior.

Este concepto encontraba importantes escollos a la hora de explicar la omisión, en la medida en que un "no hacer" no es de ningún modo un movimiento corporal, y por lo tanto no puede provocar (causar) ninguna modificación del mundo exterior.

. Con el neokantismo se hace ya evidente que en Derecho penal no es suficiente "observar y describir los hechos" como si se tratara de fenómenos naturales, sino que es necesario además "comprender y valorar el sentido de los hechos", especialmente si se trata de hechos humanos. Es en este momento cuando se abandona el término "acción" y empieza a hablarse del primer elemento de la teoría del delito como "conducta humana" (Mezger), lo que permite incluir en el concepto también las omisiones. No obstante, esta concepción neoclásica seguía siendo causal, en la medida en que sigue poniendo el acento en la causación de un resultado: la conducta que lo provoca ha de estar guiada por la voluntad, pero el contenido de dicha voluntad es a estos efectos irrelevante, y sólo es analizada a propósito de la culpabilidad.

. Otro cambio metodológico (la aplicación del método fenomenológico y ontológico al Derecho penal) provocó el surgimiento del finalismo, de la mano de la concepción final de acción. Welzel puso de manifiesto que lo que caracteriza a la conducta humana frente a las fuerzas de la naturaleza o las acciones de otros animales no es lo que causa, sino la finalidad que la guía (esto es, al dirigirse a una meta previamente seleccionada). A diferencia de otros procesos naturales, que también son causales pero "actúan" de modo ciego, la acción humana es "vidente", pues persigue un objetivo.

La finalidad por tanto es tan esencial en el concepto de acción como el de la causalidad, y por ello sería absurdo relegar el análisis del contenido de esa finalidad (o voluntad) a la culpabilidad, pues así se vaciaría de contenido a la propia acción. La consecuencia fundamental de este enfoque es, como se sabe, el adelante del análisis del dolo y la imprudencia a un momento anterior al de la culpabilidad: si el delito es una acción típica y antijurídica, la antijuricidad debe recaer no sólo sobre el resultado sino también sobre la propia (finalidad) de la acción, de modo que ya en esta sede debe diferenciarse entre acciones dolosas e imprudentes. De este modo Welzel cambió completamente los pilares básicos del causalismo, caracterizado por la diferenciación entre antijuricidad y culpabilidad como referidas, respectivamente, a las partes objetiva y subjetiva del hecho. Por ello puede afirmarse que el debate entre el concepto causalista y finalista de acción es en gran medida un debate sobre cuál es el papel del desvalor de acción y el desvalor de resultado en el concepto de delito.

Con todo, lo cierto es que el concepto final de acción en su formulación más estricta presentaba ciertos problemas a la hora de explicar de forma satisfactoria una de las formas de conducta humana relevantes para el Derecho penal más comunes: los comportamientos imprudentes, dado que en éstos la finalidad aparece completamente desconectada del resultado causado (la finalidad del sujeto que actúa con culpa de ningún modo va dirigida a la producción del hecho típico).

. Un paso más en la evolución del concepto del elemento acción vino de la mano de Jescheck, el cual trata de superar los problemas que suscita tanto el causalismo como el finalismo con su concepción social de la acción, que más bien constituye un complemente de la teoría finalista. De acuerdo con la teoría social, es acción "todo comportamiento humano socialmente relevante", y poseen dicha relevancia tanto las conductas verdaderamente finales (dolosas) como aquellas otras que se aparten de la finalidad socialmente esperada: en la imprudencia, porque el hecho causado podría haberse evitado mediante la conducción final del proceso; en la omisión, porque un comportamiento activo podría igualmente haber evitado el resultado. En definitiva, en la acción dolosa se desvalora por lo que se ha hecho, mientras que en la acción imprudente y en la omisión se desvalora por lo que se debería haber hecho.

. Entre otras variantes de las teorías anteriores, en España recientemente ha cobrado relevancia la acuñada por Vives Antón: la denominada "concepción comunicativa de la acción", que pone el acento en el significado social del comportamiento, poniendo el acento en la relevancia comunicativa de la acción humana en sociedad.

Fuente:
Esther Hava García (@sterhava)